99 años de la Reforma Universitaria: debates de ayer y de hoy

 

La Educación es un tema que siempre preocupó y preocupa. En 1918, desde Córdoba, se consumó la Reforma Universitaria. A casi cien años de su gesta, analizamos aquí la implosión del movimiento estudiantil, trabajadores e intelectuales de la época que buscaban una sociedad más igualitaria y la actualización del sistema educativo.

A principios del siglo XX la cosa no venía bien en torno a la educación. Las Universidades no estaban abiertas para los sectores de ingresos medios y bajos, la toma de decisiones no eran democráticas y los planes de estudio- hechos por los conservadores de la época- estaban orientados hacia un sistema educativo elitista, como demandaba el mercado. Era necesaria una nueva conformación de la educación superior.

Fue así que, luego del cierre de un internado del Hospital de Clínicas en 1917 en la Universidad de Córdoba- que brindaba albergue y comida a estudiantes-, desde el contingente estudiantil se levantaron, acompañados por el movimiento obrero e intelectuales de Latinoamérica toda, contra los tiranos de ésa casa de estudios. Los reclamos fueron atendidos por el Presidente, don Hipólito Irigoyen, quien decidió darle riendas a las exigencias de los sectores estudiantiles que fueron plasmadas, tras un ir y venir en las discusiones, en el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918 dirigido a “los Hombres Libres de Sudamérica”. Allí se explicó que la juventud “se levantó contra un régimen administrativo, contra un método docente, contra un concepto de autoridad” que merecía una reconstrucción de raíz.

Estado, Sociedad y Universidad en clave de época

Por los albores de 1918, como hemos mencionado al principio, existía una brecha de desigualdad que se identificaba claramente, por ejemplo, en el acceso a los estudios superiores: sedimentados por la oligarquía argentina, el sistema educativo a principios del siglo XX excluía a más personas de las que integraba, olvidándose así de los sectores de ingresos medios y bajos. Imperaba un modelo arcaico que fue necesario romper. La sociedad necesitaba, además de profesionales al servicio del pueblo para que atendieran las problemáticas, una enseñanza más inclusiva, participativa y democrática.

El rol de la Universidad por entonces se limitaba a ser la institución albergue del conservadorismo por la cual se re-transfería el pensamiento de una elite gobernante. Esto se podía ver en la orientación de los planes de estudios en los cuales, condicionados al servicio del poder económico, las cátedras no podían ornamentar sus programas de enseñanza en plena libertad. Además, los docentes no fomentaban un pensamiento latinoamericano ni atendían a las problemáticas de la sociedad, que tanto demandaba la atención de profesionales. La estructura anti-democrática se expresaba en su máximo esplendor en el gobierno universitario: los estudiantes no eran partícipes de las tomas de decisiones. Los docentes permanecían en sus cargos cómodamente sin habilitar espacios para el ingreso de otras personas recientemente graduadas.

Las discusiones desatadas a través de los reclamos de figuras claves como Deodoro Roca, Horacio Valdés, Gumersindo Sayazo, Luis Méndez, entre otros, junto al movimiento estudiantil cordobés y la clase obrera consumaron al fin la Reforma Universitaria de 1918, durante y con el apoyo del gobierno radical de don Hipólito Irigoyen.

Los principales reclamos de la lucha revolucionaria giraron en torno a la autonomía universitaria, la participación estudiantil en el gobierno de la institución y la libertad de cátedra. Si bien estos han sido los pilares de la reforma del sistema educativo universitario, no sólo no fueron los únicos, sino que a partir de allí se logró re-construir las bases de la educación superior que yacen en la educación de la actualidad.

Democracia, independencia y libertad

La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes. Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa”, apuntó el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria del ’18. Los estudiantes plasmaron la necesidad de participar de la toma de decisiones en el gobierno de la Universidad, un reclamo más que legítimo de sentido común. Así, se logró romper con la indiferencia y abrir pasos para la participación estudiantil bajo un co-gobierno, a través de sus representantes.

Otro de las necesidades fue lograr una independencia en la Institución; es decir, consumar la autonomía universitaria para garantizar el ejercicio de una gestión que no esté atada a los gobiernos de turno. Este gran paso permitió que las entidades educativas públicas puedan construir sus organismos internos y desarrollar las actividades de la vida política en total independencia abriendo caminos hacia la conformación de un régimen universitario acorde al contexto. Con ella vino también la autarquía económica-financiera para administrar los recursos bajo sus propias condiciones.

“La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes”.

Por otro lado, la lucha estudiantil-obrera perforó la coraza de una casta política de docentes atrincherados en su trono con polvareda y declaró: “La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando”. La reforma del sistema educativo implicaba también la reconstrucción de una pedagogía que siente bases en la horizontalidad, desde la humildad, y no en la transferencia de conocimiento de una persona que supuestamente “sabe más” hacia quien “sabe menos”. La categorización es propia de la educación bajo la lógica elitista, antipopular y no participativa: se buscaba más bien revertir la “cascada de conocimiento” en un mar de ideas construidas colectivamente. “Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y por consiguiente infecunda” agregaron en el mismo sentido.

“La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando”

Si bien la Reforma Universitaria se dio en 1918, casi cien años atrás, hoy por hoy resuenan parámetros que dan cuenta de la vigencia de una estructura educativa impopular, orientada a las lógicas mercantiles y sesgada en la construcción del conocimiento que encuentran su zona de confort en la Ley de Educación Superior 25.421. (Ver aparte).