Menos educación para la sociedad salteña: caída en el ingreso de la UNSa

Los números que arroja el Curso de Ingreso en la UNSa, aún no oficiales, exponen la caída en la cantidad de estudiantes que ingresan a la Educación Superior. El mix del retroceso: despidos masivos, incremento del costo de vida producto la inflación y recorte presupuestario a políticas socio-educativas. Menos democracia, educación para las élites, más injusticias.

por Emiliano Frascaroli (*)

Hay menos cantidad de estudiantes que asistieron a la Universidad Nacional de Salta para el Curso de Ingreso, que comenzó ayer. Si bien es cierto que por el momento no existen cifras oficiales pormenorizadas, las consultas a tutores estudiantiles, docentes y coordinadoras/es de los cursos dan cuenta que existe una caída de al menos 40% respecto a igual período del año pasado.

En algunos casos, los altibajos representan cifras sumamente significativas en la composición de las y los estudiantes. Según datos consultados por quien firma este artículo al Centro de Cómputos de la Universidad Nacional de Salta, al 15 de Febrero de 2017 (cuando se confirma la inscripción) han habido 14.744 estudiantes aspirantes a ingreso de una carrera en la Sede Central (6.430 varones y 8.314 mujeres, según cuantifican desde el organismo). De ése total, la división por Facultad se distribuye de la siguiente manera: Ciencias Económicas 2.297; Ciencias Exactas 2.426; Ciencias Naturales 1.523; Humanidades 3.007; Ingeniería 2.101; y Ciencias de la Salud 3.390.

Este año no todas las facultades comenzaron su curso de ingreso, aunque sí la mayoría de ellas. Lo cierto es que en 2018 la cantidad de personas que acceden a la Educación Superior de nivel Universitario, en Salta, son menos.

Menos estudiantes = más injusticias

La Educación es un derecho humano que habilita otros derechos. En tal sentido, es de vital importancia que las sociedades apostemos a ella sin reniego alguno: más educación es más justicia social. Eso se logra con el rumbo que dé la política.

Un trabajo de Analía Otero y Agustina Carioca publicado en la Revista Interamericana de Educación de Adultos revela que “han mejorado las condiciones de acceso a mayores niveles educativos en los distintos grupos sociales pero todavía resta por mejorar la permanencia y las posibilidades para el quintil más bajo. Las brechas en cuanto a la participación en la educación de los jóvenes de distintos sectores de ingreso son notorias tanto en 2006 como en 2012”(1). Es decir que las condiciones socioeconómicas de la sociedad son un factor clave en la participación de la juventud en la educación superior.

Por otro lado, en un análisis más específico, una recopilación de datos estadísticos realizada por la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Salta da cuenta que entre los años 2009 y 2015 el número de personas que participaron activamente en la educación superior fue en aumento.

Si en 2009 los pre-inscriptos en Humanidades fueron 1.454, para 2015 la cantidad de estudiantes ascendió a 3.076; en el caso de Ciencias Naturales en igual período demuestra que de 1.387 incrementaron a 1.827; en Ciencias Económicas de 1.647 a 2.083; en Ciencias de la Salud de 1.721 a 2.823; en Ciencias Exactas de 1.587 a 2.220; y en Ingeniería de 1.212 pre-inscriptos al primer año de análisis a 1.988. Es decir que la demanda educativa venía en crecimiento.

Asimismo, es menester recordar que el incremento a la inversión en la Educación pasó de 0,53% del PBI entre los años 2003 y 2013 al 1% en 2014 (2). En la misma línea se encontró la oferta educativa respecto a la investigación y, por tanto, en la industrialización local, dos factores que se han visto perjudicados con el recorte a las becas a CONICET y el combo de despidos masivos en las esferas pública y privada, por ejemplo, o con el ajuste presupuestario.

La educación funcionó como motor de movilidad ascendente de los grupos sociales, fomentando el acceso, principalmente, a estudiantes en condiciones de ingresos económicos medio y medio bajos. El cambio de rumbo repercute en la participación de la juventud en la educación superior, ligadas a la situación del mercado laboral y la inversión desde el Estado a políticas socio-educativas.

Enfriar la economía, congelar al estudiante

Desde 2015 a la fecha el beneficio económico Progresar se congeló: $900 por mes con la retención del 20 por ciento retroactivo a mitad y fin de año, aunque en casos concretos no devueltos. Sin embargo, en el mismo período la inflación acumulada llegó al 70%, según datos oficiales.

Lo que sucede en lo social repercute en el mundo académico y viceversa: el congelamiento a las plantas docentes, el vaciamiento al plan Conectar Igualdad, la merma en las becas a la investigación, el ajuste presupuestario a las Universidades Públicas o las negociaciones salariales a la baja en el sector Docente son algunas de las razones por las cuales quien suscribe habla de un retroceso. Menos inversión es menos calidad educativa. Y eso nos lleva a mayores injusticias, convirtiendo a la Educación en una mercancía y no garantizando su pleno ejercicio como derecho humano.

Además, también entran en juego factores como la suba en los alquileres en barrios adyacentes al predio universitario y el bajo número de estudiantes que pueden acceder al menú del Comedor, como en la UNSa, que no supera el universo del 3%. Esto hace que las personas al interior de la Provincia se vean perjudicadas y que, por lo tanto, la educación tome un giro centrista a las capitales o grandes centros urbanos, ensanchando la brecha de desigualdad hacia el interior. Hay factores que influyen directa e indirectamente.

¿Educación para quiénes? El combo de despidos masivos y salarios a la baja, de una inflación descontrolada y un ajuste presupuestario a políticas socio-educativas hacen que menos personas ingresen a la Educación Superior Universitaria, a pesar de ser ésta irrestricta. Así, los sectores más vulnerables se ven despojados para acceder y ejercer plenamente a la educación pública; aquí no se cumpliría con la democratización de la educación. Y, como efecto dominó, son los grupos de ingresos medios-medios altos los que pueden ingresar a una carrera universitaria, permanecer en ella y graduarse, homogeneizando la población estudiantil.

No se puede pensar con la panza vacía. No se puede estudiar con restricciones al transporte público. No se puede crecer como sociedad sin justicia social.

A 100 años de la Reforma Universitaria de 1918, nos merecemos el debate: ¿educación para quiénes y hacia dónde?

Bibliografía:

1- Jóvenes y Educación superior en Argentina. Evolución y tendencias; Revista Interamericana de Educación de Adultos; 2016;página 19.

2– Centro de Estudios Políticos, Económicos y Sociales. El Proceso de Inclusión social en la educación en la Argentina del Bicentenario.

 

* Consejero Superior por Estudiantes de la Facultad de Humanidades / Foto: Lucas Armonía