Macho que se hace, pero no se dice.

Las costumbres violentas que atacan a los que se alejan del paradigma de la normalidad, en un ecosistema social de ideas conservadoras.

por Pablito Holzheier y Andrés López

Al noroeste de la República Argentina existe una capital adoquinada de tradiciones donde la gente respira pureza y castidad: las buenas personas de Salta Capital son conservadoras calladas y apacibles en la luz del sol, con monumentos jesuitas y grandes procesiones a santos. La gente del lugar pregona una teocracia arraigada en el fondo del corazón de su folclore. La ciudad está regida por los santos puesto que estos la salvaron de su destrucción y los hombres le deben a sus deidades el motor de su moral, pero al caer la noche aparecen los demonios que atormentan la mirada del buen salteño, demonios urbanos modernos que deambulan en las zonas rojas, en las plazas y en todo lugar que la penumbra de la noche pueda gobernar, porque estos seres demoníacos de sobrenatural no tienen nada, no comparten con los vampiros más que la condena de no poder salir al sol.

Monstruosas formas que exceden lo llamado “normal”, que no respetan el mandato místico que dice que el hombre es hombre, la mujer es mujer y no hay nada más. Y al pasear frente a la catedral con esos Jeans elastizados, cabelleras largas, figuras afeminadas, voces finas y estruendosas aterrorizan a todo conservador con sus movimientos de desacato e irreverencia con la fuerza de lo andrógino, con todas las variantes de sus corporeidades; son libres de ser quienes son de noche pero no de ser perseguidos ni juzgados por las brillantes cruces que recuerdan quien manda desde la punta del cerro San Bernardo bajando por el paseo Güemes llegando a la catedral con un mensaje claro: desde el pico más alto, esta ciudad es de dios .

Con este relato podríamos hacer referencia a múltiples estudios sobre género y la sexualidad para tratar de entender los diferentes tipos de violencias que se presentan en la sociedad con respeto a las minorías sexuales y las estructuras que sustentan este cíclico ensañamiento, pero esta vez nos enfocaremos en tratar de comprender el accionar delictivo de, en este caso, el agresor.

Una figura graciosa se distingue a lo lejos. Un cuerpo delgado que se mueve entre el mundo de la ebriedad y del glamour. Una vocecita aguda y escandalosa, con ataques de risotadas, por dónde camina- mostrando sin ningún tapujo la apología del putismo- con botas que hacen ruido para que nadie se olvide de su existencia incluso si callase. Hermosas piernas marcadas, aprisionadas por un jean más que provocativo y, lo más importante, oídos ensordecidos ante el cansancio del insistente insulto de “puto de mierda” entremezclado con el “vení putito” y otros sonidos con raíces sociales que funcionan a modo de burla. Así, este ser de la noche, condenado a vagar en los caminos del hedonismo para olvidar que el sol siempre lo juzgará con la pesada cruz de la moral es lamentablemente una presa en la jungla de la noche salteña, una presa desprovista de estima y de fuerza ante el ataque inquisidor del depredador más peligroso de los adoquines: el Macho

El macho es un depredador sexual de la noche salteña con sed de satisfacción; su herramienta es un falo correctivo el cual imparte desde una doble moral, un cristianismo castigador. El macho ve a sus víctimas y los arcángeles de su hombro derecho le indican qué hacer y cómo, con la justa razón de proteger su ciudad de estas abominaciones que abundan en la capital. El macho es el enviado de dios que está en el ecosistema nocturno para violar descarnadamente todo lo que pudiera herir la sensibilidad moral de sus niños y su esposa, pues el detalle que más lo caracteriza es ser un buen padre de familia, buen marido y buen vecino, puesto que este justiciero es el enemigo del vampiro, es el hombre lobo que durante el día como persona encantadora y atenta sirve a los intereses comunales de su vicaría más cercana, pero al caer las noches de luna llena deja su pastoril atuendo para convertirse en un animal que defenderá su territorio ante la creciente amenaza de la liberación sexual

“Como una demostración de fuerzas y virilidad ante una comunidad de pares, con el objetivo de garantizar o preservar un lugar entre ellos probándoles que uno tiene competencia sexual y fuerza física… se trata más de la exhibición de la sexualidad como capacidad viril y violenta que la búsqueda de placer sexual.” (Rita Laura Segato, Las estructuras elementales de la violencia; 2003; Pág. 33)

El encuentro entre estos dos seres no es casual, puesto que el depredador vigila a su presa a lo lejos, camina detrás, o en frente, hasta poder tener la cercanía suficiente y decir con voz varonil y seductora “¿tendrás un cigarrillo para convidarme?” a lo que el festivo cuerpo de la víctima dirá que sí, puesto que a estas alturas de la noche no le importa nada más que su mundo e intentar llegar a su casa antes que el sol aparezca. Una conversación breve, una calle oscura y la impunidad de la noche solo pueden llevar a un final difícil de no esperar. El depredador ya ganó y al saberlo empieza su ataque, se acerca demasiado pero no con intenciones de rosar sus labios con los otros sino con amenazas claras y explicitas: “si no me haces un pete te mato”. La cara de pavor del homosexual acosado solo llega a encender aún más el deseo de tomar por la fuerza su cuerpo, y es lo que prontamente sucede; de la amenaza a la acción solo hacen falta simples forcejeos aprovechándose del frágil cuerpo que se tiene al frente, mostrando que tan macho se puede ser con un no macho, porque se lo merece, porque no es como los otros machos, entonces hay que violarlo porque es lo que pide, porque es lo que quiere aunque a gritos diga que no, porque así es como defiende su hombría, la de los otros, la del pueblo.

En el frenesí violento de la felación forzada el cazador sostiene en la mano un ladrillo que estaba al lado diciéndole a su presa que si hace mucho ruido va a terminar con la cabeza partida, que se prepare que viene lo mejor, que si llora puede terminar muy mal, cuando está a punto de cumplir con sus últimas amenazas con los pantalones abajo y rompiendo las ropas de su víctima suena casi al lado una sirena de auto, la salvación para el prisionero homosexual que debe huir ahora mismo de sus sometimiento, pero esta alarma también es una alerta roja para el victimario, puesto que es un opresor anónimo, que si su misión se revela, pasará a formar parte de los juzgados y no de los que juzgan. Su condición divina de impartir el bien tiene como característica principal que nadie lo sepa, ¿qué dirían sus hijos o su esposa si supieran que reivindica el patriarcado de esta forma?

La violación se presenta como un crimen moralizador, en donde “la violencia moral es el más eficiente mecanismo de control social y reproducción de las desigualdades. La coacción de orden psicológico se constituye en el horizonte constante de las escenas cotidianas de sociabilidad y es la principal forma de control y de opresión social en todos los casos de dominación.” (Rita Laura Segato- Las estructuras elementales de la violencia.2003 Pág. 114)

El gay cargado de pena decide dejar el episodio en el olvido aunque durante esa mañana no pueda dormir ante las constantes sensaciones de abuso que como efectos colaterales o flashbacks siguen recorriendo su cuerpo para dejarle en claro que es una presa, solo una presa y nada más que una presa, que su condición está condenada ante los ojos del inquisidor salteño, con el eco de fondo de ser el único culpable de lo que le ha ocurrido, pero lo sombrío es que el penetrador cuya cacería fue frustrada huye a donde sabe que los machos como él se desahogaran igual que él con un rito más que instituido en la Salteñidad clásica. Luego, irá a la zona roja encarará una travestí, la someterá y así restaurará su hombría dañada por la falla de su rapto anterior. “Pero las ideologías de la masculinidad son representaciones colectivas, institucionalizadas como imágenes guía en la mayoría de las sociedades. “ (D. D. Gilmore, Hacerse hombre; 1994 Pág. 39.). Posteriormente llegará a casa, dirá que salió con amigos y que está cansado y al medio día se sentará a la mesa dejando atrás su transformación, y bendecirá la mesa con sus niños.